lunes, 23 de noviembre de 2015

UNIVERSIDADES EN COLOMBIA EN EL SIGLO XlX


Durante la mayor parte del siglo XIX la educación en Colombia se vio afectada por los constantes conflictos entre los partidos políticos, y por la relación de éstos con la iglesia católica. Como lo señala Urrutia (1976), esto llevó a que cada vez que la presidencia de la República cambiaba de partido, la organización educativa vigente fuese revisada y modificada totalmente. Así, en 1850 los liberales abandonaron la regulación de la educación, y ésta se descentralizó tanto administrativa como fiscalmente. Además se autorizó la libertad completa en la instrucción.3 En 1870, por medio del decreto federal orgánico de la instrucción pública, se ordenó que la educación primaria pública fuese gratuita, obligatoria y laica. El decreto también estableció que el sistema educativo debería
Estar supervisado por el Gobierno Nacional4. Posteriormente, con la Constitución de 1886 y el Concordato de 1887, el conflicto entre la iglesia y el Estado mermo. Los conservadores dispusieron que la educación primaria aunque debía ser gratuita no debía ser obligatoria, y que además la educación en el país se debería regir por los preceptos de la iglesia católica, la cual la orientaría y la supervisaría.5 Por medio de la Ley general de educación de 1892, se decretó que el gobierno central supervisaría y regularía la educación en el país.


La creación y el sostenimiento de instituciones culturales fuertes y sólidas, capaces de crear tradiciones y de producir logros estables en el tiempo exige siempre un entorno favorable, entorno del que en general se careció en el siglo XIX. El atraso económico, el peso de la los herencia cultural de la sociedad colonial, la pobreza de la sociedad misma y, sobre todo, la inestabilidad política —expresada ante todo en los enfrentamientos partidistas y en las repetidas guerras civiles—, son los datos básicos del primer siglo de vida republicana, y un contexto en el cual resultaba difícil el florecimiento de una institución universitaria con un cuerpo docente estable, con al menos atisbos de programas de investigación, con una población universitaria creciente, reclutando sus miembros de manera amplia en capas sociales diversas de la población, sobre la base de criterios de mérito y con un sistema de carreras universitarias diversificadas.
Nada de lo anterior es posible encontrar en el siglo XIX colombiano, pero no hay que hacerse un cuadro demasiado sombrío de la situación, pues a pesar de los esfuerzos de Humboldt y de Bonaparte, la universidad moderna —diferente de los modelos originales de Oxbridge, de Paris, de Salamanca o de Bolonia— es en sentido estricto una realidad del siglo XX. Por lo demás, considerado el sistema universitario en términos de proyectos y de políticas educativas, lo que llama la atención es la modernidad —y a veces la audacia— de las formulaciones de los responsables de la educación y de los hombres de gobierno que en la Colombia en el siglo XIX intentaron dar vida a un conjunto de ideales educativos en los que tenían posiblemente una confianza exagerada. Pero el casi nulo desarrollo económico —por lo menos hasta 1880— y el torbellino de la política conspiraron a lo largo de todo el siglo y llevaron al naufragio las que aparecían como las mejores intenciones. Como testimonio de esas intenciones y como prueba de lo que se ha llamado el "proyectismo" de los políticos del siglo XIX nos ha quedado la huella de una amplísima legislación universitaria, que no es expresión simplemente de lo que algunos llaman el "legalismo" de los colombianos, sino ante todo la prueba de que las mejores políticas educativas no tienen ninguna posibilidad de aplicación cuando no encuentran un entorno institucional favorable, o cuando no son capaces de crearlo. Así pues, quien se ocupa de la universidad del siglo XIX en Colombia debe saber que, en buena parte, antes que con el análisis de funcionamientos institucionales concretos, el historiador debe disponerse a la consideración de proyectos fracasados o de realizaciones que sólo muy tenuemente lograron aquello que se proponían.
Eso es lo primero que se constata cuando se examinan las propuestas y realizaciones del proyecto "santanderista" (1826-1840) de creación de un sistema universitario centralizado, monopolizando la formación profesional, con niveles académicos similares a los de Europa, con una estructura curricular moderna y gozando de relativa libertad académica, ya que a principios de esos años 40 lo que se podía constatar era la multiplicación en provincia de "cátedras universitarias" funcionando por fuera de todo control, una baja calidad de los procesos de formación y sobre todo un gran desacuerdo político e ideológico en torno de los fines que debería cumplir la enseñanza universitaria, que por el momento parecía ser tan solo un lugar de paso de jóvenes de clase media que encontraban más bien sus posibilidades sociales en la actividad política, a pesar del intento inicial de los "neoborbones" de favorecer el estudio de las ciencias útiles y de aplicación práctica.
Después de 1842 y a través de una de las reglamentaciones más prolijas que se conocieron en el siglo XIX, los conservadores, representados de manera visible por Mariano Ospina Rodríguez, intentaron controlar la politización estudiantil, reglamentar el acceso al cuerpo docente, controlar la educación universitaria en las provincias y relanzar el estudio de las "ciencias útiles", bajo la idea de que había que dar prioridad "a los asuntos industriales y a las ciencias útiles, especialmente aquellas relacionadas con la agricultura". Pero se trató una vez más de un esfuerzo frustrado —a pesar de que en 1847 Rufino Cuervo redactara un nuevo Plan de estudios que mantenía los mismos énfasis—, no sólo por la carencia de recursos que hicieran posible la traída de profesores extranjeros y laboratorios para garantizar la enseñanza de materias que eran en general desconocidas, sino sobre todo por el fuerte rechazo que hacia los conocimientos útiles expresaba una opinión pública de padres y estudiantes que, pudiendo comprender la importancia teórica de las "nuevas ciencias", no dejaba de ser sensible al hecho de que difícilmente un practicante de esos nuevos saberes encontraría en la sociedad un lugar para su realización profesional.

Las conocidas reformas liberales del medio siglo, cuyo supuesto básico era el de terminar de una vez por todas con la "herencia colonial", significaron para la universidad el desmonte de los pocos elementos de construcción de un sistema universitario nacional que se habían logrado, ya que el resultado de la "libertad de enseñanza" fue por lo menos paradójico, si se recuerdan cuáles eran las intenciones de sus promotores, puesto que con las reformas se buscaba ante todo desestabilizar las profesiones universitarias tradicionalmente dominantes: la medicina y el derecho. En verdad, lo que ocurrió fue el desmonte de las cátedras de ciencias naturales, las que, dejando de ser obligatorias, como se había establecido en 1842, simplemente fueron abandonadas por sus asistentes.


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