La influencia de la
Iglesia en la educación española ha sido constante y más pronunciada que en
otros ámbitos sociales.
Durante la dictadura
franquista, la jerarquía de la Iglesia católica marcó la moral de toda la
época, no sólo dentro de los centros escolares. Aquella fue una etapa represiva
en la que lo que se decía y hacía era controlado por los censores
eclesiásticos. Todos los que vivimos ese pasado podemos testificar las heridas
que recibimos y las limitaciones que nos encontramos, sobre todo en la
sexualidad, bajo el dominio de la represión y de la gazmoñería. Se nos
predicaba dentro y fuera de los centros escolares sobre el “pecado”. Así, en
las películas que se podían ver, en los desvestidos -más bien los vestidos- de
los espectáculos, en las limitaciones del baile agarrado. Desde luego, esta
represión era mucho mayor para las mujeres.
El
nacionalcatolicismo era la ideología que, desde la interpretación de la Guerra
Civil como cruzada, cimentó el régimen, mucho más que cualquier doctrina
falangista. Franco entraba bajo palio en las iglesias y en compensación
distribuyó prebendas a la Iglesia.
La situación actual
es lo que queda de ese predominio de la Iglesia y de los eclesiásticos. La
Educación es la plaza fuerte a la que la Iglesia ha tenido que retirarse dando
continuamente batallas, antes en alianza con la dictadura y ahora con la
derecha del Partido Popular.
En el retrasado
proceso de transformación de España en un país laico, la izquierda y los
sectores progresistas siempre han procedido con temor, tímida y débilmente.
La Iglesia católica
ha sido el sector predominante de la enseñanza privada y ha encabezado los
intereses de este sector, pese a no controlar directamente mucho más de la
mitad de éste.
Frente a la
extensión de la enseñanza pública ha sabido y podido recoger recursos del
Estado para contribuir a la cimentación de la enseñanza privada, con las
famosas subvenciones. La generalización de la enseñanza hasta los 14 años para
todos los niños españoles, con la ley de Villar Palasí durante la etapa
desarrollista del franquismo, supuso la subvención para todos los centros que
controlaba la Iglesia. La extensión de la enseñanza obligatoria hasta los 16 en
la Educación Secundaria Obligatoria, por la LOGSE bajo el gobierno del PSOE,
sirvió a la Federación de Religiosos (FERE) para recoger dinero público para
sus intereses privados. La extensión en la LOE de la educación infantil de 3 a
6 años supondrá un nuevo desvío de recursos del Estado.
Los gobiernos de
derechas o de izquierdas no han conseguido o no se han atrevido a ampliar la
escuela pública frente a la privada, han mantenido o permitido la ampliación de
ésta. Ahora que la enseñanza está transferida a las comunidades autónomas, este
apoyo a la enseñanza privada es mayor en las que está gobernando la derecha,
pero tampoco se queda corto donde gobierna el PSOE. Un caso sangrante es el de
Madrid, donde Esperanza Aguirre está subvencionando a los sectores más
reaccionarios de la Iglesia, cediendo terrenos para centros que separan la
educación de los niños y de las niñas.
Se ha intentado
presentar como un cierto control público la extensión de los conciertos, pero
esto no es así. En cada centro privado la dirección imprime el ideario, la
selección de alumnos y el modo de funcionamiento del centro, a menudo con la
complicidad de los padres. Han conseguido que la proporción de alumnos
procedentes de la inmigración sea mucho menor que la que les correspondería.
Además, estos centros subvencionados con el dinero público no son gratuitos,
cobran por diferentes partidas: transporte escolar, comedor y actividades
extraescolares formalmente voluntarias pero realmente obligatorias. Con ello,
el dinero de todos los españoles se aplica a abaratar el coste escolar de las
familias de la clase media.
Durante el
franquismo, cuando la educación obligatoria no alcanzaba a todos los niños, la
enseñanza privada, principalmente los centros de la Iglesia, se dirigía a los
ricos y a una débil clase media. Con el desarrollo económico del país se
ampliaron las clases medias y la FERE ha ido recogiendo a un amplio sector de
éstas, a través de este mecanismo de apropiación de los recursos públicos. El
interés de este tipo de centros está en
crear una clientela cautiva, recogiendo niños en la etapa de la educación
infantil y soltándolos al final del bachillerato hacia la Universidad, si es
posible hacia las Universidades privadas, aunque éstas todavía son muy caras al
no estar subvencionadas.
Frente a la
enseñanza pública, la privada, encabezada por la FERE, vende disciplina para el
alumnado, es decir, control tanto dentro como fuera de la escuela a través de
la “moral católica”. Vende relación entre iguales, los que pueden formar élites
o al menos acceder al mundo de los bien situados, es decir contactos sociales.
Durante un tiempo los jesuitas fue la orden eclesiástica maestra en este campo.
La Iglesia no se ha
conformado con controlar una parte del sector educativo. Control bajo el
eslogan, monótonamente repetido, de la libertad de elección y de la libertad de
montar centros escolares. La Iglesia ha situado en los últimos años a la
CONCAPA, las asociaciones de padres de alumnos de las escuelas privadas, como
avanzadilla en una batalla que ha producido presiones y movilizaciones usando
la palabra libertad. Pero todas las familias pueden en España transmitir a sus
hijos las creencias que consideren oportunas, de lo que se trata es de
proporcionar a todos los niños una base educativa semejante. Una educación que
no discrimine por el origen social, que proporcione a todos una formación que
permita, entre otras cosas, decidir las ideas y creencias que asumirán en el
futuro como propias. Mientras, bajo la idea de libre elección de clase de
centro, se oculta una educación para la diferenciación social, una educación
unilateral y fuertemente ideologizada.
La Iglesia ha
pretendido influir en los centros públicos. Cuando ya no ha podido mantener las
ceremonias confesionales y el control ideológico del currículo, ha intentado
que la religión católica sea una asignatura como las otras. Expresión de los
obispos: “igual que las matemáticas”. Esta batalla ha tenido altibajos, si los
alumnos y sus padres podían optar se trataba de que el menor número se pasara a
la otra opción. Para ello querían que la religión contase como otra materia más
y que la alternativa fuera también de peso. Ya se encargarían los profesores de
religión de aprobar a todos, como así ocurre en general, para que a los alumnos
no les interese elegir la otra opción.
Este ideal lo consiguieron
con la ley del PP, a través de la asignatura del estudio del hecho religioso,
pero no ha podido aplicarse porque la derecha perdió el gobierno. En este
recorrido, la asignatura de religión confesional, que sólo se aplica a la
católica (salvo en Ceuta y Melilla), sufrió diversos avatares. El Tribunal
Supremo estableció que no puede estudiarse ninguna materia que tenga contenidos
nuevos porque, paradójicamente, discrimina a los que eligen religión puesto que
no reciben las enseñanzas de la materia alternativa.
Las últimas
disposiciones del gobierno del PSOE, que todavía no están en el boletín, son
una concesión más, intentando rodear la sentencia del Tribunal Supremo. Parece
que se van a ofrecer tres opciones: estudiar religión (que ahora puede no ser
la católica si hay suficientes alumnos), estudiar el hecho religioso u otra
alternativa sin contenidos, como el estudio asistido. Además, será evaluable y
contará para la repetición, aunque no para las becas o en la nota media para la
selectividad.
Debe denunciarse
esta disposición como un retroceso del Estado y del laicismo. Parece que no se
va a hacer siquiera caso del acuerdo del Consejo Escolar del Estado para que la
religión se pueda impartir en el centro pero fuera del horario escolar, con lo
que no haría falta ninguna alternativa.
Todo el problema
proviene del acuerdo con el Vaticano de 1979 (de dudosa constitucionalidad) que
define a la religión como una asignatura “equiparable” a las demás. Mientras
este tratado internacional no se revise, la religión continuará siendo un
problema.
No está claro si
esta disposición servirá para frenar la caída de la elección de la religión que
se registra en los centros. Puede ser que las comunidades autónomas empeoren
este asunto con normas complementarias.



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